no de los resultados de esta duda es nuestra incapacidad para reconocer la vida en otro lugar que no sea el centro de las ciudades. Esta duda ha condenado a los barrios, a pertenecer a una condición obligatoriamente secundaria, sin otorgarles ninguna capacidad para vivir y ser felices. Al mismo tiempo nos sentimos incapaces de reconocer que los proyectos de los años sesenta, setenta y ochenta son portadores de valores. Es una incapacidad para valorar nuestro pasado reciente, que ha sido condenado a una amnesia inmediata. Esta duda es algo que nos cuesta muy caro. Nos cuesta el placer de las ciudades. Nos cuesta también el placer de lo desconocido y de la aventura, que puede que sea lo esencial de la ciudad.


Yo me siento como el mensajero de otro mundo, que dice que existen otros fenómenos, pero la relación se ha convertido en una especie de diálogo de sordos. Han preferido de una manera un poco simplista, creer que era yo el que estimulaba el mercado, el shopping, la tecnología de la manipulación. Que era yo el que amaba la ciudad como laberinto comercial, cuando, al contrario, solo he tenido la curiosidad de ver si era posible vivir en una situación así. Se me ve como el Señor Anti-contexto, pero este nombramiento es ambiguo, porque también se dice lo contrario, como si fuéramos unos fetichistas del contexto, como todos los demás.

Nuestra incapacidad para modernizar nuestro propio concepto de lo urbano nos ha conducido a un urbanismo loco, que aparece por todos lados, que nos rodea, con su mediocridad, con un simbolismo sostenible de la peor calaña, con un cinismo verde, una nulidad del espacio público que se ha convertido en un espacio de exclusión cada vez más radical. Nuestra agencia ha intentado escapar de todo esto. Por eso es por lo que hemos lanzado hace algún tiempo la idea de una arquitectura genérica, inspirada en Erasmo, Lutero y Calvino, asumiendo así nuestro calvinismo.