Ciudades, procomún y narraciones colectivas - Bernardo Gutiérrez

Entre julio y noviembre de 2009, los estadounidenses Joshua Glenn y Rob Walker llevaron a cabo el proyecto Significant objects. El objetivo: probar que un objeto con una historia vale más que un objeto sin ella. Para el experimento invitaron a cien reconocidos escritores, Whitehead, Jonathan Lethem o Bruce Sterling entre ellos. Cada uno debía inventar una historia para un objeto viejo comprado en el portal eBay. El resultado fue contundente: las baratijas compradas en eBay por un total de 128,74 dólares fueron vendidas por un 3.612,51 dólares. El valor añadido de las historias fue donado posteriormente a causas sociales. ¿Cuánto cuestan unas mini botas de metal? 3 dólares. ¿Cuánto valen las botas si pertenecieron a unos soldados aventureros de Sicilia que se embarcaron en la Guerra Civil de Estados Unidos (historia inventada por Bruce Sterling)? 86 dólares. La narración de la epopeya, la emoción generada, cuestan 83 dólares …
Calles = objetos compartidos. Y ahora llega la vuelta de tuerca Objetos-Ciudades. ¿Por qué no consideramos una calle, una plaza o una avenida como un objeto, como un spime de historias compartidas y escondidas? En un momento en el que algunas instituciones o marcas apenas hablan de una Internet de las cosas de objetos conectados con sensores, de datos controlados verticalmente, las Historias de las cosas cocinadas conjuntamente pueden jugar un papel vital. De nuevo, la tecnología necesaria es asustadoramente básica. Podemos abrir una entrada en la Wikipedia para un rincón / calle / parque de una ciudad. Después, creamos un código QR para dicha entrada con la herramienta gratuita QR Pedia. Una vez colocado en el espacio físico serán los ciudadanos los que creen una narración colectiva (suma de narraciones individuales) sobre dicho lugar. Parece inevitable: las instituciones o marcas tendrán cada vez más difícil imponer narrativas sobre lugares concretos. La voz ciudadana se va a elevar. Y la ciudades, bosques o islas se irán transformando colectivamente gracias a un procomún de historias…
Y aquí llegamos a otro detalle crucial: las narraciones están adoptando formatos híbridos, mutantes, imprevisibles. Un mapa elaborado colaborativamente con la herramienta WhatIf de Ecosistema Urbano es una narración colectiva. Una serie de tweets alrededor de un hashtag es un relato colectivo. El sonido de una plaza (voces, gritos, música), grabado y subido a la red, puede ser un tipo de relato. El proyecto HistoryPin, que yuxtapone en google maps fotos antiguas y recientes vinculando personas del presente gracias al pasado, es una narración colectiva. Y basta colocar un código escaneable —muy pronto ni si quiera hará falta código— en el espacio físico que nos traslade a un sitio de Internet para completar el círculo de los relatos del procomún …
Y las narraciones serán las articulaciones básicas para esa ciudad relacional de “lugares y redes” de la que habla el antropólogo Michel Agier. Las historias compartidas, en la ciudad fragmentada, deterritorializada, pueden ser una argamasa tan sólida como las relaciones de parentesco. Pueden acabar incluso sustituyéndolas. Las historias son aquellos hilos que los habitantes de Ersilia, una ciudad invisible inventada por Italo Calvino, colocaban entre las casas de la urbe. Los hilos eran blancos o negros o grises o blanquinegros dependiendo de las relaciones de parentesco, intercambio, autoridad o representación. Cuando los hilos eran tantos que ya no se podía pasar por en medio, contaba Calvino, los habitantes se marchaban: las casas se desmontaban. Apenas quedaban los hilos. Y luego construían en otro lugar una nueva ciudad imitando la telaraña de relaciones.
Las historias colectivas son los nuevos hilos. Las lianas compartidas que quiebran muros, fronteras invisibles, segregaciones étnicas. Da igual el color que tengan estas viejas-nuevas historias, porque son narraciones colectivas, compartidas. Pero en lugar de molestar los tránsitos, las narraciones-hilos conforman el esqueleto, la columna vertebral, las extremidades y el corazón de las ciudades del procomún. Por eso es importante construir relatos —como sugiere el colectivo de escritores italiano Wu Ming— como si fueran espacios para ser habitados. Por eso hay que construir calles o plazas como si fueran narraciones colectivas, como si fueran párrafos insustituibles de un imaginario superior que da sentido a la nada.